Para abordar el dolor de manera efectiva, primero debemos cambiar nuestra perspectiva sobre qué es exactamente lo que sentimos. Conviene recordar algo esencial: el dolor crónico no es solo un síntoma pasajero o una señal de alarma temporal.
Cuando el dolor persiste más allá de tres meses, y especialmente cuando comienza a afectar la funcionalidad y la calidad de vida de la persona, deja de ser un mero aviso de daño tisular para convertirse en una enfermedad en sí misma. Esta condición desarrolla mecanismos propios y genera un impacto biopsicosocial profundo que condiciona la vida diaria tanto o más que la patología que lo originó inicialmente.
Esta consideración no es una opinión aislada; está avalada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por el reconocimiento internacional del dolor crónico como una entidad clínica independiente. Entender esto es el pilar fundamental para un abordaje exitoso.
El escenario en España: Cuando el cuerpo «aprende» a doler
En nuestro país, la realidad del dolor crónico es cotidiana para muchas personas. La mayoría de quienes viven con esta condición lo hacen en el contexto de enfermedades musculoesqueléticas, óseas y articulares. Hablamos de diagnósticos tan frecuentes como la artrosis, la lumbalgia, las tendinopatías, la estenosis de canal, la patología discal o las secuelas que perduran tras una cirugía.
Estas condiciones son extremadamente comunes y suelen aparecer asociadas al avance de la edad, al sedentarismo, a la obesidad o a las cargas físicas derivadas de la actividad laboral.
Sin embargo, el problema se agrava cuando estos procesos se prolongan en el tiempo. Aquí es donde la neurofisiología juega un papel crucial: el sistema nervioso se sensibiliza, amplificando la señal de dolor y manteniéndola activa incluso cuando el daño inicial ya no es determinante o se ha resuelto.
Este fenómeno, conocido médicamente como sensibilización periférica y central, es la clave para entender por qué el dolor persiste. Es la razón por la que algunas personas sienten un dolor intenso ante actividades cotidianas —como caminar o agacharse— que antes no representaban ningún problema.
Además, esta alteración del sistema nervioso explica la «multidimensionalidad» del sufrimiento: el dolor crónico se acompaña frecuentemente de trastornos del sueño, cansancio profundo, ansiedad, depresión, baja tolerancia al esfuerzo físico y un deterioro progresivo de la movilidad.
Comprender este mecanismo biológico es el primer paso para deshacer uno de los prejuicios más dañinos que sufren los pacientes: el dolor crónico no significa que el paciente «exagere», ni que «no tenga nada» simplemente porque las pruebas de imagen no muestran un daño proporcional a su sufrimiento. Hoy sabemos que la intensidad del dolor no siempre guarda relación directa con la magnitud del daño estructural visible.
Artrosis y Columna: Una relación abordable
La artrosis es un ejemplo paradigmático de esta complejidad. Afecta a millones de personas en España, causando rigidez, limitación de la movilidad y dolor persistente. En ella convergen la degeneración del cartílago, una inflamación de bajo grado y el deterioro funcional, factores que contribuyen activamente a la cronificación del dolor.
Lo mismo ocurre en la columna lumbar o cervical. Allí, la suma de pequeñas lesiones, las malas posturas continuadas, la debilidad muscular o el propio envejecimiento natural terminan generando un estado de irritación constante que el sistema nervioso «aprende» a mantener.
Es vital aclarar que esto no significa que «no haya solución». Significa que el abordaje simplista ya no sirve. La solución requiere ser más completa: debemos combinar tratamiento médico, intervencionismo cuando está indicado, ejercicio terapéutico, educación en neurociencia del dolor y estrategias de autocuidado.
Alrededor del dolor crónico circulan ideas equivocadas que generan angustia innecesaria, retrasos en el diagnóstico y el abandono de estrategias que sí funcionan. Desmentir estos mitos es parte del tratamiento:
«Si duele, no muevas la articulación.» Este es uno de los mayores errores. La evidencia científica es rotunda: la inactividad empeora el dolor crónico. El reposo absoluto favorece la pérdida de masa muscular (sarcopenia) y reduce la capacidad funcional, creando un círculo vicioso. La clave no es parar, sino buscar un movimiento controlado, progresivo y supervisado.
«El dolor se cura solo con calmantes.» Los analgésicos pueden ser necesarios para gestionar crisis, pero no son la solución principal a largo plazo. El dolor crónico exige un enfoque multimodal: fisioterapia, neuromodulación, educación, actividad física, técnicas intervencionistas, abordaje emocional y, cuando procede, tratamientos regenerativos.
«Si la resonancia no muestra daño grave, el dolor es psicológico.» Falso. El dolor es siempre real. La neurociencia demuestra que el sistema nervioso puede amplificar la señal dolorosa independientemente de la imagen radiológica. Aunque la psicología y las emociones influyen en cómo percibimos ese dolor, el origen no «está en la cabeza» ni es inventado.
«La artrosis siempre avanza y no se puede hacer nada.» Esto es falso. La progresión de la enfermedad varía enormemente entre personas. La forma de vivir, moverse, alimentarse y tratarse influye de manera decisiva. Con el manejo adecuado, se puede frenar, estabilizar y, en muchos casos, mejorar la sintomatología.
«Los tratamientos intervencionistas son peligrosos.» La medicina intervencionista del dolor es hoy un campo muy seguro y con alta evidencia científica. Técnicas como la radiofrecuencia, la neuromodulación, las infiltraciones guiadas, el Plasma Rico en Plaquetas (PRP) o las terapias regenerativas son herramientas valiosas. El problema no es la técnica, sino usarla sin la indicación precisa o sin un equipo acreditado.
Tu papel activo: ¿Qué puedes hacer para mejorar?
La buena noticia en este escenario complejo es que el paciente tiene un papel activo y decisivo en su propia recuperación. No es un sujeto pasivo que solo recibe tratamiento.
Estas son las 6 medidas más eficaces y avaladas por la evidencia para convivir mejor con el dolor y reducirlo:
Mantenerse en movimiento: La actividad física es el «medicamento» más poderoso que existe para el dolor crónico. Mejora la movilidad, la fuerza, la función cardiovascular y el estado de ánimo, además de modular los mecanismos de sensibilización. Cada plan debe ser personalizado, pero actividades como caminar, nadar, el trabajo de fuerza suave y los ejercicios de estabilidad son esenciales.
Educarse en su enfermedad: Comprender cómo funciona el dolor mejora el pronóstico. Saber qué esperar, cómo interpretar las señales del cuerpo y qué decisiones tomar evita el miedo, el catastrofismo y el sedentarismo.
Cuidar el sueño: El descanso deficiente aumenta drásticamente la sensibilidad al dolor. Establecer rutinas estables, evitar pantallas antes de dormir y practicar técnicas de relajación ayudan de forma significativa a «resetear» el sistema nervioso cada noche.
Afrontar el estrés: Las emociones influyen directamente en la percepción del dolor. Herramientas como el mindfulness, la respiración diafragmática, el apoyo psicológico cuando se requiera y realizar actividades placenteras forman parte integral del tratamiento.
Controlar el peso y la alimentación: Reducir la carga mecánica sobre las articulaciones y disminuir la inflamación sistémica a través de la dieta mejora los resultados tanto en artrosis como en patología de columna.
Consultar con especialistas: Un abordaje multidisciplinar —que incluya médicos del dolor, rehabilitadores, traumatólogos, neurólogos, psicólogos, farmacéuticos y fisioterapeutas— ofrece la mejor oportunidad de recuperación funcional.
Convivir con dolor crónico es, sin duda, un reto, pero no es un destino inevitable ni una sentencia de sufrimiento perpetuo. La ciencia ha avanzado enormemente en su comprensión y tratamiento. Los pacientes deben saber que hay opciones, que el dolor crónico es una enfermedad tratable y que recuperar calidad de vida es posible cuando se actúa con conocimiento, constancia y el apoyo profesional adecuado.
Referencias
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